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Puerto, Playa y Mar.

Historias de Garrucha.

Tico Medina, siempre conectado con Mojacar.

05/07/2020

Escolástico (Tico) Medina García, (Piñar, Montes Orientales, Granada, 1934-Madrid, 2021)

Hoy 5 de julio de 2021, ha fallecido en su casa, en Madrid, Tico Medina, el periodista y escritor, siempre unido a estas tierras de Granada y Almería. Había nacido el 11 de septiembre de 1934, en Píñar (1.100 habitantes), un pueblo que languidece como otros muchos, de la comarca granadina de los Montes Orientales, la voz que daba continuidad a esta tierra después de Pedro Antonio de Alarcón.

 

Los de Almería, conocemos esta comarca, seca y olvidada, ya que la carretera autonómica, A-308, entre Darro e Iznalloz, es la que nos une con la A4, si evitamos el paso por Granada, sigue con muy pocos cambios, como en los años setenta, cuando se viajaba por la carretera de Andalucía a Almería.

En la juventud de Tico Medina y su generación, años difíciles, después de nuestra guerra, eran pocos los que podían estudiar, había dos opciones para formarse, Guadix, en su seminario, o la capital Granada. Tico Medina, se escolarizo en los Maristas de Granada. Ya en Granada, colaboró con los medios de prensa locales, para más tarde trasladarse a Madrid, se matriculó en la entonces Escuela de Periodismo, como él dice, pasaba más tiempo en las redacciones y en los estudios de radio que en la propia escuela.

Tico Medina, no se jubiló, después de una larga carrera periodística, más de 30.000 entrevistas, entre ellas la realizada a John Lennon, durante su estancia en Almería, numerosos programas de radio y TV, miles de artículos y una veintena de libros, uno de ellos, “Almería al sol”.

Reproduzco aquí de la página de Facebook: “Almería, mis felices años”, el artículo de Tico Medina 1962, de hace más de sesenta años, sobre Mojacar y la posible conexión con Walt Disney, otra historia del Levante de Almería.

Otra vez en Mojácar. De nuevo en la alta cresta de este monte milagroso que se está convirtiendo en una especie de O. N. U. del sol y el paisaje. Mojácar blanco, del que tanto hemos escrito, del que ya en muchas ocasiones hemos hablado con emocionada voz. Mojácar sorprendente, distinto, extraordinario.

Ya hay antenas de televisión sobre los dados blancos de las casas, y en las esquinas resplandece el muñeco de fuego de los indalianos. De cuando en cuando, alguna mojaquera pasa cerca de nosotros, con un cántaro a la cabeza, haciendo el increíble equilibrio de la tradición. Hay muchos automóviles de matrícula extranjera a la puerta del hotel y, desde luego, en la raya del agua, abajo, en la playa, ya empiezan a trepar los hoteles, junto a la bonita playa dorada de Almería.

Ahora venimos a otra cosa. Nos empuja una difícil y complicada tarea informativa. Alguien nos ha dicho, junto al velador de un café en la puerta de Purchena, que Walt Disney había nacido en las estribaciones de esta sierra de Mojácar. La noticia, en su momento. Hace ya muchos años, por lo visto, dio su juego informativo, y aquí estamos otra vez nosotros en este día reverberante dispuestos a conocer lo que se pueda sobre el particular.

En principio, Almería es tierra de emigrantes, y el surco que da gentes de promisión devuelve ilustres apellidos a la vesania. Eso es un hecho consumado, demostrado: De por aquí, como ya saben ustedes, es el padre de Burt Lancaster, y de Cuevas de Almanzora es uno de los generales de más prestigio del Ejército de los Estados Unidos: Ginés Pérez, de nombre y apellido fuertemente españoles y de cuya identidad ya dimos constancia también nosotros en anteriores informaciones. Ahora corresponde en suerte a Walt Disney.

Siempre hay por debajo de todos estos rumores, de todas estas confidencias, una ancha y cierta corriente popular. Nada mejor que subir hasta Mojácar para saberlo bien, para estudiar en las posibles fuentes iniciales la noticia. Hay unas grandes nubes pasajeras en el cielo. Mojácar, desde aquí, parece una colmena.

Hemos comido unos pescados fritos, de esta misma mañana, que saltaban en la sartén, y ya estamos calle arriba, calle abajo, camino del viejo médico de Mojácar hacia la casa de ese don Ginés Carrillo, hombre pintoresco que no cree demasiado en los antibióticos y que, desde luego, tiene dentro de sí, aparte de la vieja sabiduría de Galeno, la profunda y variopinta banderola de una preocupación literaria que le ha llevado a hacer de su profesión algo así como un pulpito artístico desde el que cultivar sus verdaderas emociones: el teatro y el verso.

Don Ginés nos recibe en su torreón encristalado, desde el que se ve el más bonito pedazo de mar del mundo. El mar latino de verdad. El mar en el que navegaron y por el que llegaron los primeros varones apostólicos hace ya tantos años. Está el doctor, ya jubilado, por encima de los setenta años, sentado en una mecedora en una habitación increíble, en la que hay además un águila disecada y unos cuadros de bellísimos marcos y paisajes. La luz entra a raudales y hace un calor como el que hace en Corfú durante la primavera. Don Ginés, que ha escrito una serie de bellísimas y fantásticas leyendas sobre Mojácar y sus tradiciones, es enjuto, pequeñito, de ojos vivísimos. Poco yantar y mucho estudiar. Poco beber y mucho leer. Gimnasia física de subir y bajar cuestas, baños fríos en su chalet del Duende, su otra casa de la playa, y mucha gimnasia de la otra, de la de pluma, escribiendo romanzas y piezas teatrales, ensayando en su increíble, delicado y garcialorqueño teatrito piezas tradicionales de Zorrilla, o de los Quinteros, o del mismísimo don William Sahkespeare, que Dios guarde.

“Pues sí, pues sí... Todo parece indicar que Walt Disney ha nacido aquí. Hijo que fue de una mojaquera y de un hombre que trabajaba en las minas de Guazamara.” Minas de plata y de plomo. Arrebol brillante en la entraña de la tierra. ¡Tiempos aquellos! La madre se llamaba Isabel Zamora y era mujer, por lo visto, alegre, pimpante, sonriente y muy cortejada por hombres jóvenes, por zagales, muchachos y hasta cansados caminantes de la vida. Isabel Zamora no era ni guapa ni fea y no ha sido posible encontrar fotografía alguna de ella. Eso sí, hemos buscado y encontrado el lugar en donde vivió, y que es el mismo en el que ahora tiene el periodista que esto firma una calle inmerecida que lleva mi nombre de guerra y mi apellido de pila.

Su padre se llamó José Guirao y era, por lo visto, minero de las minas de plomo de Guazamara. Un buen hombre no muy dado a las tertulias ni a la taberna, que a veces sufría en silencio el canasto de sonrisas que repetía su mujer constantemente a horas lógicas y aun a horas ilógicas también. Tampoco ha sido posible encontrar retrato suyo, aunque los que lo recuerdan saben que era hombre modesto y delgado, alto más que bajo y con esos ojos brillantes que ahora se ven en el rostro un tanto infantil del mago del dibujo animado, del padre de Bambi, del abuelo de Blanca Nieves, del primo hermano de todos los niños del mundo. “O sea, que él se puede llamar, en efecto, José Guirao Zamora” como debía constar en las actas bautismales que en la guerra se perdieron, como casi todos los archivos de parroquia.

Sin embargo, sí que se sabe que no hace mucho pidieron-bueno, hace por lo menos cuarenta años- al párroco de Mojácar, ya muerto, don Juan Gallego Mirón, unas copias de la partida de bautismo del tal José Guirao desde Hollywood, que entonces empezaba a nacer y en el que ya se encontraba el señor Disney. Posteriormente don Ginés ha ido reuniendo dato a dato, con amor y precisión-se sabe que unas tías de nuestro médico viajaron en un tren desde Granada a Almería con un señor que se identificó en el largo trayecto, romántico y cansino, como el secretario de Walt Disney, «Que iba a Mojácar y a Guazamara para tratar de unos asuntos de investigación personal muy importantes para él y para su jefe».

Sí que se sabe que el minero Guirao era hombre muy amigo de «La Cachocha», mujer mágica, curandera bigotuda de Mojácar, que murió no hace mucho también y que sabía dar bebedizos para el amor, penicilinas para el recuerdo y ungüentos y potingues para el mal de ojo, para la enfermedad del cariño y para el olvido. «Vendía polvos para querer, para aborrecer, para entontecer... y recibió visitas muy importantes.» Muy cerca de «La Cachocha» estaba siempre José Guirao, tal vez a la búsqueda de los elixires mágicos, de las pastillas de escamonea, de los pases magnéticos y suaves que daba sobre las íntimas prendas de los enfermos físicos y espirituales.

José Guirao necesitaba de esto, por lo visto, para tener bien junto a sí a Isabel Zamora, que, por lo demás, era una mujer dada a las tareas de su casa, madre de su hijo, amantísima y buena andaluza, pero de las de rompe y rasga, de las de abrigo, de las de doble refajo y leve bigotito de la montaña. Una mujer de armas tomar.-“Luego, nunca más se supo. Parece ser que Guirao emigró a las Américas un poco entre buscando la fortuna y otro poco como dolido por cosas que no le gustaban demasiado..” ¡Los pueblos que son los pueblos, y más hace cincuenta años, que aquello era como un pañuelo! ¡Como un pañuelo limpio y blanco, sí..., pero ¡como un pañuelo! Entonces Mojácar tenía sus leyendas: la de la puerta azul y la doncella, la otra de «El cerro del moro manco», «La de la muralla de Roque» y hasta la increíble y dramática «playa de los muertos», donde aún rompe el agua su cresta de espuma todos los días, cuando anochece.

Y entonces estaban todavía por la montaña el santo de la tierra, en Garrucha aún vive Andrés, el que cura la ictericia con hierbas y retortijones por cincuenta pesetas. “Nos gustaría mucho que lo supiera Walt Disney para ver lo que nos decía. A ver ahora qué dice... “Don Ginés se mece en su butaca de mimbre. Las buganvillas inundan la terraza que da a la mar. Juegan unos niños en la calle que sube hasta la puerta del torreón.

Desde aquí se ve el chalet del Duende y también unas rocas sobre las que hacen fotografías unos suizos que quieren comprar terrenos y que han venido a Almería con un salacot y unos topógrafos. “Por entonces se casó Walt Disney.”.. Precisamente por entonces, cuando pidieron las actas bautismales que envió don Juan Gallego, el párroco, a Norteamérica. Sería hermoso atar todos estos cabos de la historia. El mago tiene la última palabra. Pero se me ocurre pensar que algo tiene, aparte de lo físico, de lo que se puede tocar con la mano, este prodigioso dibujante y creador de mundos inverosímiles, de lo que tienen las gentes mojaqueras: fantasía, irrealidad, voluntad, tradición, sentido de lo popular, un algo divino, un mucho infantil y una espléndida acuarela de luces y formas en las retinas.

Aquí el color es distinto, y en el papel de Disney también lo es. Aquí cualquier chiquillo, en cuanto que tiene un lápiz a mano, lleva a una cartulina un paisaje con un sol en lo alto y una exposición organizada de colores..., y Walt Disney también.

Su pincel es inagotable, perfecto, armónico y colorista. Los vecinos de Mojácar, con permiso de los vecinos de Guazamara, quieren poner a una calle el nombre de nuestro personaje de esta tarde. Incluso esta mujer, con el cántaro a la cabeza se parece a Blanca Nieves, y hasta, si me apuran un poco, me atrevería a decir que Mojácar se parece en algo a la mágica ciudad de Waltdisneylandia. Porque es fabulosa, vieja y nueva, increíble... y única.

Rescatado por JOSE ANGEL PEREZ.