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Puerto, Playa y Mar.

Paisanos. El paisaje humano del Levante de Almería.

Andrés, el pescador.

1/10/2019

No era temprano, era madrugada cerrada, Andrés bajaba la empinada calle a oscuras tropezando entre piedras sueltas, había dejado el farol de latón en la barca, con su candil interior, alimentado por el aceite de los olivos de su bancal. Arriba en el pueblo las gentes no se habían despertado, quizás al que le tocara regar, estaría preparando la acequia y volviendo las parás para llevar el agua desde la balsa hasta su bancal, Julián el cabrero todavía no habría salido con las cabras.

Solo alguno de sus compadres pescadores estaría ya preparando las artes, unos buenos días secos y buena mar, si acaso, hablar de como va la semana, no se compartía a donde se dirigirían diariamente.

La pleamar le permitía en estos meses después de verano, no tener que arrastrar mucho la barca, de vuelta al agua, la tarde anterior la habían recogido sobre la arena de la playa.

Andrés y su cuñado Juan, se turnaban sobre los remos del pequeño sardinal, el San José, hasta sacarlo de la orilla y que su trapo tomara el levante, la mar estaba en calma y tomarían para la ensenada abierta frente a la costa, que La Virgen les diera buena mañana, se decían entre ellos.

Todas las mañanas de buena mar era en mismo rito, aunque con destino diferente, preparar los artes y a la mar.

Andrés empuñaba el timón del S. José y Juan removía las artes, mientras llegaban al caladero de hoy, tenían un rato para el café de puchero de Paqui en aquella taza de latón, él no era de familia de pescadores, era de tierra interior, pero ya se sabe si eres de Almería debes ser de mar, y en la mili se pasó mas de un año embarcado en un viejo buque de transporte el Almirante León, “El León”, marinero sin tradición, pero preferible a labrar detrás de las mulas, aquellos campos de escasas cosechas o a ir detrás de las ovejas por sierras o bancales, en un baile en Cantoría conoció a la Paqui y dejó el interior, por la costa, su suegro le enseñó todo sobre vientos, bancos de sardinas, salmonetes y boquerones, entre Cartagena y el Cabo de Gata, su mundo.

La familia de Paqui, “los gurullos”, vendían el pescado en mercados y cortijos, desde Sorbas, pasando por los cortijos de la sierra, Cuevas, Huercal, Albox y los pueblos del Almanzora. Antes era su suegra quien madrugaba, ahora es Paqui, quien hecha la albarda a la burra, le pone las aguaderas de goma, carga las sardinas secas y la pesca del día, antes de que apriete el sol, y aparece en las ramblas de Cantoría.

Aunque las redes necesitaban un buen repaso lo dejarían para los días en que el levante les impidiera salir, el faro de Garrucha repiqueteaba con su destello, lo dejaban atrás y buscaban el de La Mesa, mientras se acercaban al lugar de largar redes, hablaban con su cuñado de como meterse en un barco con motor, cada vez más la pesca se alejaba y escaseaba cerca de la costa y todos hablaban de la necesidad de largar redes en caladeros más lejanos y profundos.

Aunque sin puerto, un buen torno permitía sacar a una embarcación de estas sobre la arena con su pesado motor de camión, en Garrucha se estaban adaptando motores a la hélice con un pequeño cabinado que permitía volver menos empapado, alcanzar bancos más lejanos utilizar otras artes; nasas, palangres y morunas.

El problema era conseguir las perras necesarias, había que pagar la mitad por anticipado y la otra mitad meses después con la entrega.

Su suegro les ayudaría con la venta de uno de los bancales de abajo, pero aun así estaban muy lejos de tener los miles de duros suficientes para encargar la barca que el astillero de Garrucha les prepararía en ocho meses, porque no había otra alternativa, con la vieja barca no podían salir adelante, era la nueva barca o dejar la pesca y dedicarse a los hoteles, en Roquetas o Tarragona como ya lo habían hecho otros antes.

La semana siguiente iría a Oria, donde vivía el señorito con el que su padre había estado de jornalero toda la vida, y con el que él también había trabajado hasta que se casó con La Paqui, en el cortijo de Los Pelaos, mantenían una relación familiar, su padre le había salvado la vida y la hacienda en la guerra, cuando se perseguía a cualquiera por sus ideas o por su apellido, tiempos oscuros.

Era un compromiso, pero no había otra salida, era eso, o coger la maleta y la familia, y marcharse de aquí, como ya estaban haciendo otros vecinos.

Andrés y su cuñado se pasaron dos días embarcados en la barca de “los periquillos” en Garrucha, una barca como la que ellos querían, y quedaron convencidos, la pesca mejoraba, y podrían buscar caladeros lejanos, que les permitiría devolver el préstamo a la Caja, avalado por Don Nicanor.

Años después, Andrés y su cuñado, recordaban las penurias pasadas, el gasoil a cuenta, las averías, los temporales de levante, pero nunca dejaron de pagar a la Caja, y el agradecimiento a Don Nicanor mientras vivió, y después a su hija. Cada vez que se enteraba que alguien pasaría por Oria, le mandaba su caja con pescado y siempre por Navidad le llevaba un cajón de uvas y los frutos de su trabajo, ahora menos pescado y más mariscos.

Una historia de los que resistieron en estas tierras secas y duras, porque la mayoría se marcharon en busca de otros cielos, otros vientos y otros horizontes.